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Capítulo Uno

El Uno Infinito

El Uno Infinito

Existe una historia más antigua que la memoria. Ha sido contada de diferentes maneras en todas las culturas, susurrada por místicos, intuida por poetas, vislumbrada por quienes han tocado los bordes de lo invisible. Es la historia de dónde venimos y hacia dónde vamos. Quizás ya la conoces. Quizás, al leer estas palabras, no estás aprendiendo algo nuevo sino recordando algo que siempre llevaste dentro.

La historia comienza antes del comienzo. Antes de que el tiempo existiera para medir algo. Antes de que el espacio existiera para contener algo. Antes de que hubiera luz u oscuridad, sonido o silencio. Solo había lo que los antiguos llamaban el Infinito — no una cosa que pueda nombrarse o medirse, sino el misterio del cual emergen todas las cosas.

Este Infinito no estaba vacío. Estaba lleno de algo que no tiene nombre en ningún idioma humano, algo que podríamos llamar potencial puro, o consciencia sin objeto, o simplemente: ser. Era completo en sí mismo, sin carencia alguna, sin necesitar nada.

Y sin embargo, la historia nos cuenta, algo se movió dentro de esa completitud. No desde la carencia, sino desde la abundancia. El Infinito se volvió consciente de una posibilidad: la posibilidad de conocerse a sí mismo. Pero ¿cómo puede lo ilimitado conocerse cuando no hay nada fuera de él que sirva como espejo?

La respuesta, según este antiguo relato, fue tan simple como misteriosa: volviéndose muchos mientras permanecía uno. Creando dentro de sí mismo puntos de vista, centros de experiencia, consciencias aparentemente separadas que pudieran mirar el todo desde diferentes ángulos. No verdaderamente separadas — pues nada puede estar separado del infinito — pero lo suficientemente separadas para crear la experiencia del descubrimiento, de la relación, del amor.

Tú, según esta historia, eres uno de esos puntos de vista. Tu consciencia, tu sentido de ser alguien mirando hacia un mundo, es el Infinito mirándose a sí mismo desde tu ángulo único. No estás aparte de la fuente; eres la fuente, temporalmente olvidándose de sí misma para tener la alegría de recordar.

Las tradiciones hablan de tres grandes movimientos en este despliegue. El primero fue la libertad — el regalo que permite a cada porción del Infinito elegir su propio camino, descubrir su propia manera de volver a casa. Sin esta libertad, el viaje no tendría sentido, sería un espectáculo de títeres sin nada real en juego.

El segundo movimiento fue el amor — no meramente una emoción, sino la fuerza creativa misma, el impulso que construye, conecta, trae a la existencia. El amor es lo que moldea la posibilidad en realidad, lo que llama nuevos mundos a existir, lo que atrae las porciones dispersas de vuelta hacia la unidad.

El tercer movimiento fue la luz — la primera manifestación, el primer algo que podía ser visto, tocado y medido. De la luz, según este relato, todo lo demás fue hecho. Las estrellas, los planetas, tu propio cuerpo — todo son patrones de luz, temporalmente cristalizados en forma.

¿Por qué haría esto el Infinito? ¿Por qué fragmentarse en miles de millones de seres aparentemente separados, por qué crear las condiciones para el sufrimiento además de la alegría, por qué permitir el olvido que hace que la vida se sienta tan desconectada de su fuente?

La historia ofrece una respuesta simple: por la alegría de conocerse a sí mismo de maneras siempre nuevas. El Infinito, siendo infinito, no tiene fin en lo que puede experimentar. Cada vida, cada elección, cada momento de amor o miedo es una nueva manera para el todo de conocerse. Tus experiencias — todas ellas — son preciosas para algo más vasto de lo que puedes imaginar.

Hay una frase antigua del Oriente que lo captura: Tat tvam asi. Eso eres tú. Lo que estás buscando, ya lo eres. El infinito que anhelas tocar es el infinito que está mirando a través de tus ojos en este mismo momento.

Esto no es algo para simplemente creer. Es algo para recordar, para sentir, para gradualmente reconocer en la profundidad de tu propio ser. La historia que estamos contando no pretende convencerte de nada. Pretende recordarte algo que quizás siempre has sabido, algo que duerme en tus huesos y tu sangre, esperando ser despertado.

El viaje a casa ya ha comenzado. Comenzó en el momento en que te preguntaste por primera vez si podría haber algo más en la vida que lo que aparece en la superficie. Cada pregunta que has hecho, cada anhelo que has sentido, cada momento de belleza inesperada que te detuvo en seco — todo esto son señales del recordar.

El misterio permanece infinito. Sin importar cuánto comprendamos, más permanece. Pero quizás ese es el punto. Quizás el viaje es el destino. Quizás la búsqueda misma es el encuentro.